Ansío una Iglesia mariana,
no una Iglesia que multiplica procesiones
o que bendice estatuas gigantes …
sino una Iglesia que “vive el Evangelio
al estilo de María”.
La Iglesia mariana va con María a las montañas
y camina con Ella al encuentro de la vida.
Visita a hombres y mujeres
y, más allá de la aparente esterilidad,
está atenta a lo que empieza a nacer,
a lo que es posible
y a la vida que allí palpita.
La Iglesia mariana se alegra y canta
en lugar de lamentarse por su suerte
y por las desgracias del mundo;
se maravilla de lo que es bello
en la tierra y en el corazón humano:
ve en ello la huella de Dios.
La Iglesia mariana sabe
que es objeto de un amor gratuito
y que Dios tiene entrañas de madre.
Ha visto a Dios en el umbral de la puerta,
esperando el regreso incierto del hijo;
lo ha visto abrazarse a su cuello,
colocar en sus dedos el anillo de la fiesta
y organizar él mismo el banquete del encuentro.
Cuando hojea el álbum familiar,
ve a Zaqueo subido en su higuera,
a Mateo y los publicanos,
a la mujer adúltera y a la samaritana,
a extranjeros, leprosos y mendigos,
y a un preso común pendiente del patíbulo.
Así comprendemos que la Iglesia mariana
no desespera de nadie,
“no extingue la mecha que todavía humea”.
Cuando encuentra a alguien al borde del camino,
golpeado por la vida, se mueve a compasión.
y con infinita dulzura, cura sus heridas.
Es puerto seguro y siempre acogedor,
refugio de pecadores y Madre de misericordia.
La Iglesia mariana no ofrece respuestas
antes de que le formulen las preguntas.
Su camino no está trazado de antemano;
sabe de dudas e inquietudes, de noche y soledad.
Es el precio que hay que pagar por confiar.
Participa en la conversación
y no pretende saberlo todo.
Acepta estar en actitud de búsqueda.
La Iglesia mariana vive en Nazaret
en silencio y sencillez.
No vive en un castillo;
su casa es como todas las demás.
Sale a hablar con la gente del pueblo,
llora y se alegra con ellos. Pero nunca da lecciones:
lo que hace, sobre todo, es escuchar.
Va a la compra, a sacar agua del pozo;
cuando hay una boda, la invitan
y en esos lugares se encuentra con la gente.
A muchos les gusta pasarse un rato por su casa
y respirar felicidad.
La Iglesia mariana sabe estar al pie de la Cruz.
No se esconde ni en una fortaleza
ni en una capilla
No guarda silencio cuando se aplasta a las personas.
Da la cara, con obras y palabras,
y, con ánimo humilde,
se pone de parte de los más pequeños.
La Iglesia mariana deja entrar el viento de Pentecostés,
ese viento que impulsa a moverse
y que suelta las lenguas.
Y cuando toma la palabra en la plaza del pueblo,
no es para defender una doctrina,
ni para engrosar sus filas.
Habla de promesas mantenidas, de batallas ganadas,
de un Dragón aniquilado para siempre.
Pero hay un gran secreto que apenas balbucea:
para ganar la victoria, Dios ha depuesto las armas.
En verdad vivimos una pausa,
el tiempo de la historia humana,
Y ésta es una historia dolorosa.
Sin embargo, cada tarde, al rezar las Vísperas,
la Iglesia entona el Magnificat.,
pues bien sabe la Iglesia dónde radica su alegría.
Y por eso,
Dios no ha encontrado inhabitable nuestro mundo,
ni ha sentido asco de sus heridas.
Dios nos ha salido al encuentro
en esa misma violencia y maldad del mundo.
Precisamente en la cruz, hemos visto la misericordia,
el corazón abierto de nuestro Dios.
Allí, al pie de la cruz,
nació un pueblo, una nación mariana.
Al ver a su madre,
y cerca de Ella al discípulo a quien amaba,
dijo Jesús a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”.
Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Hermanos y hermanas,
formemos parte de ese pueblo,
acojamos a María en nuestra casa.
Adentrémonos con Ella
en la felicidad humilde y apasionante
de amar y de ser amado.
Y así, como decía Teresa de Lisieux,
la iglesia será en este mundo
“un corazón radiante de amor”.
François Marc, SM
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