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Tras un año atravesando un abismo confuso, por fin he encontrado el camino, un camino que se va perf

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Hago un parón momentáneo de mi estudio, que es más postureo que otra cosa hoy, porque necesito escribir. Porque tengo esto abandonado y hace tiempo que se me pasa por la cabeza este tema y hoy las palabras fluyen por mi cabeza y las tengo que hacer volar. Supongo que cualquier excusa es buena para apartarme un rato de mi escritorio. Así que ahí voy:

La gente es tonta. Sí, lo es. Porque deja que su felicidad dependa de todos menos de uno mismo y, amigos míos, eso es hacer el gilipollas. Que es lo normal siendo humano, a mi parecer es lo que mejor hacemos. Pero eso no significa que no debamos rectificar. Que dicen que es de sabios.

Pues eso, que somos tontos. Porque tenemos las cosas delante de nuestras narices y no somos capaces de verlas y eso es el colmo de las tonterías.  Pero pongámonos en situación: 

La gente que me sigue en Instagram o me tiene en Facebook sabe que siempre pongo el mismo hashtag, #unapologetic, y todo tiene su porqué. Y la cosa va en relación con este vídeo. Unapologetic significa “sin complejos” y es simplemente mi lema de vida. Es aceptación. Que no desaparición de complejos, no nos engañemos, no han dejado de existir por arte de magia. Siguen ahí. Simplemente, no sé ni como, ha habido un punto de mi vida en que he aprendido a quererme. Y estoy jodidamente orgullosa de ello. Es uno de mis grandes logros, es uno de mis trofeos en la vitrina de mi vida. Y creo que todo el mundo debería sentirse así. Porque es reconfortante, gratificante. Que que haya cosas que cambiaríamos de nosotros mismos no significa que no haya otras 1000 que valga la pena admirar. Y que, además, si hay algo que no nos gusta está en nuestras manos cambiarlo. Y no hay que obsesionarse porque el reto no es la perfección sino la aceptación, que es muchísimo mejor.

No necesito hablarme con 1000 tíos para sentirme la chica más guapa del mundo. No necesiten que alaben mi cuerpo recalcando lo obvio, que a veces tiene el efecto contrario. No necesito notar miradas allá donde vaya. No es necesario para quererse a uno mismo, aunque no vengan mal de vez en cuando unos halagos. Pero hay que saber priorizar, porque a mi me llena mucho más de orgullo que alguien admire lo bien que me han educado mis padres en vez de mi escote. No hay punto de comparación.

Nunca me ha gustado esta foto, de verdad. Ni me gusta ahora. Pero el hecho de ser capaz de publicarla es una forma de reafirmarme en que, bueno, no soy perfecta. Soy así, y con eso me vale.

Nunca me ha gustado esta foto, de verdad. Ni me gusta ahora. Pero el hecho de ser capaz de publicarla es una forma de reafirmarme en que, bueno, no soy perfecta. Soy así, y con eso me vale.

Así que haced esto, miraros al puto espejo y ved aquello que os gusta. Tanto fuera como por dentro. Y si no sois capaces de ver nada, y lo digo muy en serio, abridme, poneos en contacto conmigo o hablad con alguien de confianza. Estoy segura de que seré y será capaz de sacaros todo aquello que no sois capaces de ver solitos. Porque está ahí. Creédme.

Y sí, sé que es difícil. Lo sé, lo entiendo. Yo también tengo momentos de mirarme al espejo o fotos mías y decir uf, pero siempre intento que eso no me hunda, aunque no siempre lo consiga. Es algo de esfuerzo y sobretodo, y recalco el sobretodo, rodeado de buena gente que ayude a tu barco a tirar pa’lante. Pero solo ayudar, porque el barco debemos pilotarlo nosotros, y nadie más. Joder, que cada uno somos perfectos a nuestra manera.

Y es que la gente es tonta pero, de algún modo, todo tiene solución.

#unapologetic

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Martes. Dan las 15.00 en el reloj. Miles de personas empiezan a salir de un edificio en un barrio a las afueras de Madrid. Parece la pausa para comer; en realidad, es la salida del trabajo. No es un día festivo ni un horario especial de Navidad. En esta oficina es lo cotidiano. Ocurre a diario desde 2008. Ese año Iberdrola acordó con su plantilla, unos 9.000 trabajadores, universalizar la jornada intensiva: trabajar de 7.15 a 14.50 con 45 minutos de flexibilidad a la hora de entrar o salir todos los días del año. “La medida podía beneficiar a los trabajadores y era buena para la compañía”, dice Ramón Castresana, director de recursos humanos de la compañía. Seis años después, Castresana, que estuvo al frente de ese cambio, defiende la decisión con cifras: “Hemos mejorado la productividad y ganado más de medio millón de horas de trabajo anuales. Hemos reducido en un 20% el absentismo y un 15% los accidentes laborales”. A pesar de esos números y aunque la empresa cervecera Damm acaba de arrancar un programa semejante, la eléctrica sigue siendo una excepción en España en el sector privado.

Conciliación y salario emocional

  • La jornada continua reduce gasto de las empresas y, de media, aumenta la productividad un 6%, según la investigaciónProductividad y empleoelaborada por la Universidad de Zaragoza.
  • Los españoles salen una media de dos horas más tarde del trabajo que el resto de europeos, concluye un estudio de la Comisión Nacional de Horarios.
  • El salario emocional hace referencia a la percepción que tiene el trabajador con respecto a su empresa. Si esta le cuida, será mayor. La flexibilidad y la conciliación aumentan ese salario emocional. Las compañías que aplican este tipo de políticas aumentan su productividad un 19%, según el Barómetro de Conciliación Edenred-IESE 2012.Además, los empleados se sienten cuatro veces más comprometidos con la empresa y con su trabajo.
  • Debido a la crisis, las empresas han recortado el presupuesto dedicado a conciliación; se aprecia una reducción de hasta un 40% de las inversiones, según datos del observatorio demográfico y consultoría PeopleMatters.

“Por la mañana, llegas con otra mentalidad”, cuenta Teresa Roch, de 31 años y que trabaja en el departamento de recursos humanos. Tras un tiempo trabajando en Escocia, entró en Iberdrola en julio de 2013. “En Glasgow llegaba a la oficina y no paraba hasta la hora de comer. Muchos compañeros lo hacían delante del ordenador y aprovechaban para mirar el correo, el periódico… Después de la hora de salida nadie se quedaba haciendo horas extra”, recuerda. En España, es diferente: se llega, se saluda, se lee el periódico, se toma un café con algún compañero y se sale más tarde. “Hay que llenar las horas, porque nadie es capaz de estar diez horas produciendo”, añade Roch, que entró en la compañía con el horario intensivo ya instaurado. “Por eso se buscan distracciones”.

Paz Montes, de 47 años, en el departamento de suministro, vivió el cambio. Una década después de comenzar a trabajar en la eléctrica asistió a la reforma del convenio colectivo. “La propuesta fue de la empresa”, recuerda. “Se vivió con cierto escepticismo. Pensábamos que pretendían eliminar el formato intensivo de verano. Cuando nos dijeron que su propósito era extenderlo, fue una sorpresa”. Pero no por ser grata, la medida se iba a librar de las críticas. Primero, las de los sindicatos: se quejaban de que esta propuesta implicaba un aumento anual de 15 horas laborales. Luego, las de algunos directivos, que tenían miedo de salir del despacho y que no hubiera nadie; una especie de fobia a la oficina solitaria. Y por último, las de algunos trabajadores que no sabían cómo gestionar un tiempo al que no estaban acostumbrados.

“Un empleado que está más contento rinde más”, dice un responsable

“Cuando llevas 30 años con un tipo de horario, cuesta”, apunta Castresana. “Es un cambio de cultura laboral importante”. “¿Puedo no hacer la jornada intensiva?”, llegó a plantear algún empleado. Pilates, natación, inglés… Al poco de concentrar el trabajo, en los pasillos se comenzó a hablar de actividades extralaborales. “No sé si alguien se llegó a apuntar a alguna”, bromea Montes. Al poco, nadie quería ni oír hablar de pasar la tarde frente al ordenador. “La adaptación fue fantástica”, dice el director de recursos humanos. “Y no generó ningún tipo de coste para la empresa”. “Los empleados se han concienciado de que tienen que aprovechar bien el tiempo para sacar el trabajo y salir a su hora”, añade. “Evitan interrupciones y concentran el esfuerzo. El resultado: la productividad es mayor”.

Ramón Castresana, director de recursos humanos, y las empleadas Paz Montes y Teresa Roch. / SAMUEL SÁNCHEZ

Nuestra vida está marcada por el tiempo. Además del horario laboral, que articula el día, nos marca el ritmo vital la manera en la que organizamos nuestro tiempo libre (horario personal) así como el horario de la sociedad: aquellas horas en las que se puede comprar, ir al cine o cenar en un restaurante. “En España, al tener más horas de luz y la posibilidad de realizar actividades casi a cualquier hora, la gente no tiene tanta prisa por irse a su casa”, opina Castresana. “Se trata de un modelo muy arraigado; la sociedad está acostumbrada a horarios muy largos. Por eso, pasamos muchas horas en la oficina y no siempre trabajando”. Es común calentar la silla: llegar antes que el jefe y marcharse después. Ocho de cada diez trabajadores dijo trabajar horas de más en 2012, según un estudio de la empresa de recursos humanos Randstad. Y el 76% de los que alargaban su jornada reconocía no hacerlo por carga laboral sino por puropresentismo. “A nosotros nos ha cambiado la mentalidad”, apunta Roch. “Si cumplimos, podemos irnos pronto”.

“Cambiar el horario cuesta al principio”, admiten desde recursos humanos

Casi la única queja que se puede sonsacar a los empleados en relación con el horario es que algún día su salida se retrasa. “Cuando acabas a las seis de la tarde, si algo se complica, las probabilidades de salir a las ocho son elevadas”, dice Montes. “En cambio, si tu jornada acaba a las tres, aunque te alargues sigues saliendo pronto. Desde que hicimos el cambio, puedo contar con los dedos de la mano las veces que me he quedado hasta tarde. Saber que dispones de tiempo para ti te da un cambio de perspectiva. Vengo a trabajar más contenta y más tranquila”. “Si los empleados están más contentos, sin darse cuenta trabajan más”, añade Castresana. Desde Rational Time, consultora sobre la organización del tiempo, lo corroboran: “Una mala gestión de los horarios laborales y la carencia de medidas de flexibilidad puede acarrear un impacto negativo importante en las empresas”.

Ocho de cada diez trabajadores en España alargaron la jornada en 2012

“Conciliar es armonizar tu vida profesional con la personal”, dice Montes. Es madre de dos hijos. El primero lo tuvo con el horario habitual; el segundo, tras el cambio. “A nivel de estrés, al segundo casi ni lo noté”, recuerda. “No tenía que hacer malabares con el tiempo”. Al igual que algunos de sus compañeros, ella come en la oficina y sale un poco más tarde. “Nos permiten adaptar el horario a nuestra vida”, dice. Los trabajadores controlan su tiempo, y eso les da sensación de libertad.“Notamos la envidia de la gente”, dice con sobreactuada seriedad Teresa Roch. Opina que este modelo debería extenderse al resto de empresas: “Creo que mucha gente trabajaría mejor así”. Varias compañías han pedido información sobre las medidas que se han aplicado en la eléctrica. “En 2015 vamos a firmar el nuevo convenio y no tenemos ninguna duda: nuestro compromiso sigue adelante”, asegura Castresana. “Creo que las nuevas generaciones de trabajadores acabarán presionando para que se promuevan acuerdos semejantes y esto se generalice”, concluye. Va siendo hora de despedirse. Llevan mucho tiempo fuera de su puesto de trabajo. A todos les queda alguna tarea pendiente. Y todos quieren irse a las tres de la tarde.

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19,34 h. Apago el ordenador y salgo a toda prisa de la oficina en dirección a la mercería. Quiero dedicar el fin de semana a terminar varios de los nuevos productos de Kucoo y debo asegurarme de tener todos los materiales para no salir de casa para nada. Camino a toda prisa. Mi mercería preferida, El 9, siempre está muy concurrida y cierra a las 20,00 h.

Voy por Vara de Rey y, en la esquina con Calvo Sotelo, veo a dos chicos que colocan unos palets pequeños junto al contenedor… Se me acelera el corazón… PaletsPequeños… Me los podría llevar… La mercería, que cierra…Si los cojo y les pido a las chicas de la mercería que me los guarden hasta que venga con el coche a por ellos… La mercería es muy pequeña… Si los cojo y los dejo en la oficina y luego vengo a por ellos en el coche luego… La mercería… Cierra… Me fijo en la ropa de los chicos, parece que trabajan en ese restaurante tan de moda que han abierto frente al Espolón y que no conozco… Los palets son pijos… Los quiero….

Respiro, respiro, suspiro… Prioridades… Primero a la mercería, si a la vuelta siguen allí, me llevo uno. Encuentro lo que busco, ideal… Tic, tac, mi reloj mental corre de prisa. Pido, pago, me despido de las chicas y me encamino hacia Vara de Rey, hacia la esquina, hacia los palets, convencida de que alguien más rápido que yo ya se los ha llevado…

Mi corazón se acelera nuevamente, allí están, me acerco, tienen un buen tamaño y están en buen estado, me cargo con tres… Comienzo a caminar con ellos y la adrenalina a mil, no pesan demasiado, pero es incómodo llevarlos, la gente se atraviesa, me duelen las manos, se me desliza el bolso, hago varias paradas, pero no me rindo… A pesar del frío siento calor. Comienzo a sudar.

Mientras tanto, voy pensando en la enorme suerte que he tenido de pasar por allí justo en ese momento, podría haberme ido por la peatonal ¡pero no! Elegí Vara de Rey… Llego a la oficina y los llevo a mi despacho y los apoyo con cuidado… Son ¡mi tesorooooo!

Palets

Ya sé que voy a hacer con ellos… ¡Tres mesas para mi huerto urbano! Con patas, ruedas y toda la pesca. Lo tengo todo en la cabeza.

Plantaré más remolachas, puerros, cebollas, judías -a Lola le encantan-… ¿más fresas? ¿Brocoli? ¿Zanahorias?

Ya os contaré.

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Personas tóxicas… ¿Te has topado con este tipo? Y cuando digo tóxica me refiero a negativa. A esas personas que absorben toda tu energía. Te drenan. Con ellos es un constante lamento, una constante queja. No escuchan. No entienden. Se centran en “sí”. Pasan horas reflexionando en llantos en “por qué la vida es tan cruel”. ¿Lo peor de todo? No saben confrontar sus problemas. Se ciegan. Buscan el camino mas fácil. Ignorar el “issue” y que trae eso como consecuencia? Nada positivo. Y ahí estas tú. Dándole la mano, brindando tu tiempo, regalando sonrisas y buscando en “google” algún artículo motivacional, o alguna cita, para esa persona. Tratas de compartir alguna experiencia similar, como queriendo decir “oye, no estás solo/a en ésto, somos muchos en el mismo  barco”. Pero no escuchan. No existes. Gastas tus energías y te rodea negatividad. Ah! Pero si dices algo que no quieren escuchar, o ven, que tratas de no prestar atención, solo por desviar el tema, a algo mas…nice, entonces es cuando explota la batalla de Troya, versión 2015. Eres tú el/la malo/a, eres tú un egoísta que no escuchas a nadie ni quieres ayudar.  Es ahí cuando decides ponerle un “stop” a ésto. ¿Que yo qué? Llevo meses escuchando lo mismo, tratando de ayudarte, enfocando mis energías en tí. Pero soy el malo/a. Pues no, Basta! Pero, como reconocer a esa persona tóxica?

1.  Habla en exceso de sí misma y se olvida del otro muestra exceso de ego.

2.  La queja constante de quienes tienen un discurso pesimista y negativo. Existen personas que siempre ven el vaso medio vacío y hacen un drama de situaciones cotidianas.

3.  Asumir el rol de víctima con mucha facilidad. Es una forma de querer ser el centro del mundo y de llamar la atención de los demás.

4.  Algunas personas creen que el mundo está en su contra, pero no analizan qué es lo que pueden estar haciendo mal en su comportamiento.

5. La envidia, los celos y la soberbia.

6.  No son felices porque su modo de pensar les impide vivir en calma y en armonía con el entorno.

7.  No se alegra con las alegrías del amigo porque, a nivel interno, vive pendiente de su propia carencia.

8. Ejerce el rol de autoridad constante, te corrige incluso cuando no tiene que hacerlo y se comporta como si estuviera en posesión de la verdad. Además, no se permite aprender de los demás y se siente incómoda cuando le llevan la contraria.

9.  Termina agotada por sus propios pensamientos negativos que se vuelven un disco repetitivo.

10.  Las personas que tienen actitudes tóxicas sufren mucho pero con frecuencia, no demuestran su malestar porque no reconocen sus propios errores. De esta forma, se ponen a la defensiva en las relaciones personales.

LIBÉRATE!

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por Gustavo Dessal

El psicoanalista y escritor argentino Gustavo Dessal, radicado en España desde 1982, reflexiona en este artículo exclusivo para esta agencia sobre la obsesión por la felicidad y por la seguridad, desplazada también en la actualidad sobre la salud, componiendo un nuevo terrorismo cuyo operador principal es la medición.
 
Dessal es miembro de la Escuela Española de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Es autor de un libro en conjunto con el sociólogo polaco Zigmunt Bauman y de varias novelas, de las cuales Clandestinidad y Micronesia han sido publicadas por Interzona.
 

Este es el texto:

medicionSi hasta ahora hemos podido referirnos a la Historia del Pensamiento, la debilidad del pensar contemporáneo da paso a otra Historia, no completamente nueva, pero que asume rasgos inéditos: la Historia del Cuerpo. El siglo XXI inaugura un nuevo paradigma del cuerpo, que ya no es exaltado por la pasión cristiana sino convertido en uno de los objetivos prioritarios de la industria posmoderna de la felicidad.
           
Desde los albores de la humanidad, la felicidad ha sido un objeto de la reflexión filosófica, es decir, un concepto abordado con los instrumentos del pensamiento, sometidos ellos mismos a la relatividad de las épocas, las ideologías y los condicionamientos culturales.

En las últimas décadas la tendencia comienza a cambiar, y la felicidad ya no es un objeto disputado por el debate político, ético o psicológico sino que se ha convertido en un campo de experimentación y análisis científico.

La aspiración consiste en suponer que los instrumentos de la ciencia y la técnica pueden ponerse al servicio de la construcción de un modelo objetivo de felicidad, una felicidad que no dependa de lo que el sujeto siente, sino que se propague como una fórmula apoyada en funciones inobjetables, no sometidas a las variabilidades culturales, subjetivas o locales, sino elevadas a la categoría de una verdad absoluta, respaldada por el conocimiento pretendidamente científico, término que ha ido cobrando la sacralidad que hasta no mucho tiempo era solo patrimonio de las religiones.

Haciendo gala de una extraordinaria clarividencia, el revolucionario francés Saint Just (uno de los grandes protagonistas de la revolución francesa) llegó a proponer que la felicidad era una cuestión política, adelantándose casi doscientos años al pensamiento biopolítico actual.

No obstante, las transformaciones de la cultura se suceden a un ritmo vertiginoso, y la felicidad va siendo rápidamente colonizada como un objetivo de la ciencia, o más específicamente de la técnica.

Y dado que la satisfacción es inconcebible sin la dimensión del cuerpo (incluso en aquellas satisfacciones que suelen considerarse propiamente sublimadas o intelectuales), ahora se trata de concentrarse en él, de exaltarlo, pero no a través de la promoción perversa del dolor y la llaga, de la concupiscencia y el pecado, sino como destinatario de la promesa de bienestar supremo.

El discurso contemporáneo ha abonado el terreno para cultivar la ideología de la salud, a fin de hacerle rendir los frutos que alimenten los dictámenes del mercado.

Todas las piezas de la maquinaria neoliberal se han puesto en funcionamiento, alentadas por el evangelio de la seguridad, que no solo se ocupa de la prevención de los atentados terroristas sino también de los enemigos que asaltan nuestro organismo.

La vida sana es una grandiosa industria que demuestra la extraordinaria plasticidad del capitalismo, su inédita astucia para obtener plusvalía mediante un cambio permanente de estrategia, conforme a las necesidades del momento.

En los Estados Unidos, McDonald’s va desapareciendo poco a poco, y en su lugar florecen nuevas cadenas que nos atan a la servidumbre de la comida sana, ecológica y limpia.

El fracking y la minería a cielo abierto, sin escatimar todo el cianuro necesario, conviven con las empresas eco friendly dedicadas a reparar esos daños, y todas tienen accionistas en común.

Pero ahora hay una convergencia cada vez mayor en la venta de la prosperidad corporal, por el bien de los usuarios y la alegría de muchas corporaciones.

El negocio del cuerpo busca la justa medida de los goces que le convienen, y la eternidad ya no pertenece al reino de los cielos, sino al esfuerzo denodado de la ciencia por regalárnosla aquí en la tierra.

Por supuesto, el lector sabrá apreciar el carácter figurado de esta última frase, puesto que en este mundo no se regala nada, todo se compra y se vende, sin desestimar al mismo tiempo la innegable democratización de la técnica, que pone el bienestar cada vez más al alcance de los bolsillos poco abultados.
 
Fumar y ser gordo no solo es malo para la salud. Lo es, y afirmo no formar parte del contraterrorismo que propaga la idea de que el cáncer de pulmón, la diabetes y las enfermedades coronarias son un invento de la Big Pharma para vendernos sus productos.

Pero estar sano no solo es ahora un objetivo razonable, sino un imperativo moral, un propósito que debe conseguirse por todos los medios, porque la enfermedad y la muerte ya no tienen cabida en la mentalidad contemporánea.
            
En los últimos años, un grupo de informáticos, periodistas e investigadores, han puesto en marcha un importante movimiento que posee ya ramificaciones en todo el mundo: The Quantified Self  (El yo cuantificado, http://quantifiedself.com), que agrupa a miles de personas dedicadas al selftracking, un neologismo que se traduce más o menos como autorastreo.

Con la ayuda de toda clase de instrumentos técnicos de medición que pueden llevarse cómodamente en el cuerpo (relojes, pulseras, brazaletes, sensores térmicos y acelerómetros), los adeptos al Quantified Self dedican gran parte de su tiempo a medir: el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el número de pasos andados, las características del sudor.

La filosofía es muy simple: aquello que puede medirse, debe ser medido. O como lo expresa Gary Wolf, uno de los fundadores del movimiento: Se trata de una prueba que comienza por una persona muy importante: tú mismo.

Desde luego, la sacralización del yo no es algo que Wolf haya inventado. Su mérito, junto con el de sus colegas, consiste en promover una presunta objetivación del narcisismo. Todas las constantes que se evalúan, no solo implican para ellos la búsqueda de la salud física, sino que suponen la posibilidad de encontrar el algoritmo de la felicidad.

El propósito último es la gigantesca acumulación de datos que presuntamente nos ayudarán a construir un mapa personalizado de cada organismo, y a penetrar en los pliegues secretos donde se inician los mecanismos del humor, los yacimientos escondidos que fabrican la química de nuestros estados de ánimo, emociones y deseos.
 
En su artículo The Measured Man (El hombre medido, http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2012/07/the-measured-man/309018/, Mark Bowden, figura destacada del periodismo norteamericano, narra la saga de Larry Smarr, uno de los héroes más aclamados por el movimiento Quantified Self.

Astrofísico, padre fundador de las investigaciones que condujeron a la creación de internet, este genio laureado con todos los honores internacionales a los que un científico puede aspirar, abandonó hace años el rastreo del cosmos para dirigir su enfoque hacia un universo más apasionante e infinito: la materia fecal.

Larry mide diariamente todos los marcadores orgánicos de su cuerpo: temperatura, ritmo cardíaco, presión arterial, análisis de sangre y de orina, pero su pasión fundamental se centra en sus propios excrementos, de los que extrae muestras permanentes que envía a los laboratorios para guardarlas más tarde en un gran congelador.

Citémosle, puesto que sus palabras, pese a referirse a sus desperdicios, no tiene por el contrario desperdicio alguno: ¿Se ha preguntado alguna vez la riqueza de información que hay en su caca? Hay alrededor de cien mil millones de bacterias por gramo.

Cada bacteria posee un ADN cuya longitud  promedio es aproximadamente de diez megabases, digamos que un millón de bytes de información.

Eso significa que la materia fecal humana tiene una capacidad de datos de aproximadamente cien mil terabytes de información acumulada en cada gramo. Eso es infinitamente más información de la que contiene el chip de su smartphone o su PC.

De modo que la caca es muchísimo más interesante que un ordenador. Larry habla con indisimulado entusiasmo sobre su caca, y no tiene reparos en abrir su congelador para mostrar las miles de muestras que almacena.

Larry, posiblemente sin saberlo, no solo es el hombre medido, sino la metáfora viva del núcleo más profundo del capitalismo: una sistema cósmico, un universo cerrado y regido por fuerzas incontrolables, que gira alrededor de un núcleo central: la mierda.

Larry acumula mierda, pero enseña que la mierda no solo es riqueza, oro puro, como Freud supo demostrarlo al echar luz sobre la equivalencia entre el dinero y las heces, sino también una fuente inagotable de datos.

Caca=datos=dinero, es la fórmula definitiva de la civilización contemporánea, donde todo (incluida la caca) es mercancía negociable, sin olvidarnos de que en el conjunto se incluye a los seres humanos como desechos potenciales o realizados, según las circunstancias.

En el gran manicomio global, el cuerpo puede ser secuestrado para experimentos farmacológicos (de los que Joseph Mengele fue el pionero indiscutible) o puesto en el circuito de la salud compulsiva.

La diferencia depende en gran parte del lugar donde a cada cuerpo le ha tocado nacer.

El músculo financiero es un fabuloso esfínter virtual que retiene, acumula o evacúa, según los ritmos poderosos del mercado. Larry mide los índices de su cuerpo con más ahínco y rigurosidad que los Down Jones, Nasdaq, Nikkei o Ibex 35, pero la esencia es la misma: la acumulación de capital y de mierda, indistintos en su materialidad informativa.
           
Por fortuna, no faltan algunas voces reflexivas. El doctor H. Gilbert Welch, profesor de medicina en el Dartmouth Institute for Health Policy and Clinical Practice (Instituto Dartmouth de Política Sanitaria y Práctica Clínica) escribió un libro titulado Overdiagnosed: Making People Sick in the Pursuit of Health  (Sobrediagnóstico: cómo enfermar a la gente en la búsqueda de la salud) en el que se muestra escéptico sobre las nuevas tecnologías aplicadas a la promoción delirante de la salud.

Los datos no son información. La información no es conocimiento. Y desde luego, el conocimiento no es sabiduría. Es probable que Welch no haya leído a Jacques Lacan, pero no lo ha necesitado para afirmar que aunque suene contradictorio, la anormalidad es normal.

Toda medición del cuerpo necesariamente acabará por hallar algo que va mal. La esencia de la vida es la variabilidad. El monitoreo constante es una receta para todos que nos juzga como enfermos. De ese modo, se promueve el intervencionismo. Y el intervencionismo, aclara, nunca está exento de riesgos.

La sociedad que nunca jamás se empeñó tanto y tan obsesivamente en la prevención de los riesgos, está sórdidamente empujada hacia un horizonte que los multiplica, creándose de este modo un movimiento circular que nadie sabe cómo detener.

Kevin Ashton, un informático británico del MIT, creó el término Internet de las cosas para designar la red que vincula objetos físicos (cosas) provistos de componentes electrónicos, sensores y conectividad, capaces de intercambiar datos entre sí y con un operador a distancia.

Por cosas se entiende una gran variedad de dispositivos, desde monitores cardíacos implantados en el cuerpo, biochips insertados en personas o animales, sistemas de termostato o lavavajillas activados y monitorizados desde el teléfono móvil.

Pero por si acaso nos faltaba alguna cosa por medir, controlar y vigilar en el panóptico de la red, el mercado lo ha encontrado antes de que a usted se le ocurra imaginarlo.

La compañía Sproutling, con sede en San Francisco, agotó los pedidos de sus monitores para bebés antes de que salieran a la venta.

Una suave banda elástica que se coloca en uno de los tobillos del bebé mide la temperatura, el ritmo cardíaco y respiratorio, los movimientos cuando duerme, y es incluso capaz de predecir en cuánto tiempo el niño habrá de despertarse, a fin de que sus padres puedan planificar mejor sus tareas.

Todo ello queda registrado y llega de inmediato a la pantalla de un dispositivo móvil IOS o Android que los progenitores revisan constantemente. Los padres -en especial los primerizosson el blanco fundamental y explícito de estos nuevos objetos de consumo bendecidos por el credo de la seguridad.

Cada vez que un dato evidencia algo anómalo, suena una alarma. La frecuencia de falsos positivos es tan grande, que muchos padres viven angustiados durante el día y no logran dormir por la noche, produciéndose el efecto exactamente contrario al esperado: que el Internet de las cosas contribuya a aumentar la inquietud de los tecnoprogenitores, en lugar de aliviarla.

El fantasma que se agita en el fondo de esta moderna locura de control (que incluye el uso de pañales inteligentes que analizan la orina del bebé y envían los datos de los marcadores bioquímicos al smartphone) es el temor al síndrome de muerte súbita, una enfermedad de causa desconocida, y que para la que ningún dispositivo de control preventivo posee la más mínima utilidad.

Para colmo, los bebés perfectamente normales tienen variaciones cardíacas y respiratorias frecuentes que obsesionan a los padres, obligándolos a aumentar la frecuencia con la que -presa de la angustia latente- consultan sus pantallas, literalmente desbordados con datos que exceden por completo la capacidad de ser comprendidos, analizados y transformados en una intervención sensata.

Los médicos son por ahora escépticos respecto de la utilidad de estos aparatitos, puesto que incluso los monitores hospitalarios dotados de una tecnología cien veces más sofisticada suelen enviar datos erróneos o falsas alarmas.

Sin embargo, los fanáticos del selftracking, no conformes con rastrearse a sí mismos, admiten en Quantifiedbabies su obsesión por rastrear a nuestros pequeños (sic).

Su lema, reza: Somos padres que nos cuantificamos a nosotros mismos, empleando todos los instrumentos, desde Fitbit a Withings. Queremos aplicar el mismo rigor [sic] a aquellos que no pueden aplicárselo a sí mismos: nuestros hijos.

En el año 2004, el psicoanalista francés Jaques-Alain Miller y el filósofo Jean Claude Milner publicaron el libro ¿Desea usted ser evaluado?, en el que analizaban y advertían sobre la verdadera voluntad aniquiladora de la subjetividad que subyace a la ideología de la medición absoluta.

Kevin Gaut, Julia Nacsa y Marcel Penz, investigadores de la Universidad de Umea en Suecia, crearon un experimento denominado Baby Lucent para estudiar los peligros potenciales generados por los dispositivos para bebés: el aumento de la angustia en los padres, la inhibición de lo que consideran intuición parenta” y el incremento de la distancia entre padres e hijos.

Durante los 50, siguiendo las huellas del descubrimiento freudiano, Lacan propuso una teoría para demostrar que lo específicamente humano de la comunicación entre el bebé y la madre (entendiéndose aquí por madre cualquier figura que cumpla dicha función) es el proceso por el cual el grito del bebé, provocado por el estímulo de una necesidad orgánica, es decodificado por el adulto, es decir, transformado en un significado humano, subjetivo, y por lo tanto encriptado según el modo en que es traducido por el receptor.

Este pasaje del grito a su encriptación significativa, lejos de realizarse según un patrón de análisis algorítmico, se procesa conforme al inconsciente de la madre, lo cual da lugar a la mayor equivocación de la existencia: que la respuesta que el bebé obtiene le reserva siempre una satisfacción fallida.

Pero la paradoja consiste en que de no mediar esa falla originaria los seres hablantes no tendríamos deseos, puesto que los deseos son el residuo reactivo que sedimenta como resultado de esa frustración inevitable, y que forma el lecho vital de todo sujeto humano, el verdadero y constante motor de búsqueda.

A pesar de los esfuerzos de Miller y Milner, la respuesta a la pregunta que dio título a su ensayo es: Sí. Todos queremos ser evaluados, medidos, tasados, confiados a la supuesta infalibilidad de los datos, las cifras, las estadísticas, la falsa objetividad con la que se pretende “iluminar” los rincones opacos y sutiles del ser hablante.

Aunque es pronto para aventurarse, no podemos descartar que el Internet de las cosas, en su aspiración por obtener una lectura del grito primario limpia y libre de las impurezas del deseo de la madre, pueda ser un factor determinante en la causalidad de la psicosis infantil.

Lo que sí se posible afirmar sin temor a equivocarse, es que el triunfo de la religión previsto por Lacan no proviene de una reacción al sinsentido del discurso científico-técnico. Ese discurso es ahora la religión, la única y la verdadera.

Fuente: Telam


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Todos experimentamos algún grado de ansiedad, si bien en algunas personas es mucho mayor que en otra

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La falta de calidad en el sueño está asociada a numerosas afecciones. De hecho, algunos expertos en

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Casi como si nos estuviésemos viendo en el espejo Nos mostramos bajo la luz de la Luna que nos seguí

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